La agricultura europea afronta uno de los momentos más decisivos de su historia reciente. La volatilidad de los mercados internacionales, el incremento de los costes de producción, la incertidumbre geopolítica, el cambio climático y la creciente exigencia de los consumidores están redefiniendo el modelo agrario. En este escenario, la producción ecológica ha dejado, desde hace años, de ser una alternativa para consolidarse como una herramienta estratégica capaz de aportar estabilidad, rentabilidad y resiliencia.
España llega a este momento con una posición de liderazgo. Con más de tres millones de hectáreas certificadas y el 12,3% de la superficie agraria útil (SAU) dedicada a producción ecológica, nuestro país encabeza la clasificación europea y se sitúa entre las principales potencias mundiales. Sin embargo, el verdadero desafío ya no consiste únicamente en aumentar la superficie cultivada, sino en consolidar un mercado interior capaz de absorber esa producción y trasladar al consumidor el valor real que hay detrás del sello ecológico.
La competitividad ya no dependerá únicamente de producir más, sino de producir mejor, con menor dependencia de recursos externos
Los datos del mercado invitan al optimismo. Después del crecimiento excepcional registrado entre 2020 y 2022, cuando el consumo de productos ecológicos aumentó cerca de un 35%, el sector atravesó una lógica fase de estabilización. Lejos de interpretarse como un frenazo, esa evolución refleja la madurez de un mercado que no puede mantener crecimientos de dos dígitos de forma indefinida.
La tendencia vuelve a ser claramente positiva. Tras la estabilización de 2023 y 2024, el consumo recuperó tasas de crecimiento del 5% y el 6%, mientras que durante el primer semestre de 2026 las tiendas especializadas registran incrementos próximos al 15%. Paralelamente, el mercado nacional alcanza ya un valor de 3.250 millones de euros y dos de cada tres hogares españoles incorporan productos ecológicos a su cesta de la compra.
No obstante, el consumo continúa siendo la gran asignatura pendiente. España produce mucho más de lo que consume y mantiene una importante vocación exportadora. De ahí que el gran reto pase por acercar el producto ecológico al consumidor y normalizar su presencia en la alimentación cotidiana.
El principal obstáculo sigue siendo el desconocimiento. Aunque la Eurohoja constituye el sello agroalimentario oficial de la Unión Europea y representa una de las certificaciones más exigentes del mundo, su grado de reconocimiento todavía resulta insuficiente entre los consumidores españoles. A ello se suma la persistencia de numerosos falsos mitos relacionados con el precio, la calidad o el propio sistema de producción.
La realidad demuestra que el consumidor empieza a valorar otros atributos además de la salud. Las nuevas generaciones muestran una sensibilidad creciente hacia la sostenibilidad, la conservación de los recursos naturales, la biodiversidad y la reducción del impacto ambiental de los alimentos que consumen. Sin embargo, ese cambio cultural todavía necesita un importante respaldo mediante campañas de información y sensibilización que expliquen qué significa realmente producir bajo certificación ecológica.
En el ámbito hortofrutícola, esa diferenciación adquiere una relevancia especial. La gestión eficiente del suelo y del agua, la reducción de la dependencia de fertilizantes y fitosanitarios de síntesis y el mantenimiento de la fertilidad natural del terreno constituyen algunos de los principales argumentos de un modelo productivo que ha demostrado una notable capacidad de adaptación frente a las sucesivas crisis internacionales.
Mayor estabilidad, menor dependencia externa
La guerra de Ucrania primero y la inestabilidad en Oriente Próximo después han evidenciado hasta qué punto la agricultura convencional depende de los mercados internacionales de energía y de materias primas para fabricar fertilizantes y productos fitosanitarios. La escalada de precios de estos insumos repercutió directamente sobre los costes de producción de miles de explotaciones agrícolas.
En cambio, la agricultura ecológica ha mostrado una mayor estabilidad gracias a su menor dependencia de insumos externos. Precisamente esa capacidad de amortiguar el impacto de las crisis constituye uno de los grandes valores estratégicos del modelo. La fertilidad del suelo, el aprovechamiento de recursos propios de la explotación y el uso de bioinsumos permiten reducir significativamente la exposición a los vaivenes de los mercados internacionales.
Esta realidad resulta especialmente relevante para un sector como el hortofrutícola, donde la rentabilidad depende en gran medida del equilibrio entre costes de producción y competitividad comercial. El agricultor continúa produciendo sin conocer cuál será el precio final de venta, pero disponer de una estructura de costes menos condicionada por factores externos aporta una mayor estabilidad económica a medio plazo.
Otro de los grandes desafíos compartidos por toda la agricultura es el cambio climático. Las nuevas plagas, la aparición de virosis y la creciente irregularidad climática obligan a replantear muchas estrategias de manejo agronómico. En producción ecológica, la prevención adquiere un protagonismo esencial. El equilibrio biológico de las explotaciones, el conocimiento técnico del agricultor y el manejo de la biodiversidad funcional permiten reforzar la resiliencia de las fincas frente a numerosos problemas sanitarios. Aun así, cuando aparece una enfermedad importante, sus efectos afectan tanto a las explotaciones ecológicas como a las convencionales.
En este contexto, el suelo recupera un papel protagonista. Conceptos como agricultura regenerativa, microbioma o salud del suelo ocupan hoy buena parte del debate agronómico. Sin embargo, para el sector ecológico no representan una novedad, sino principios que forman parte de su filosofía desde hace más de tres décadas.
El mantenimiento de un suelo vivo, rico en materia orgánica y con elevada actividad biológica constituye uno de los pilares de la producción ecológica. Esa mejor estructura favorece, además, una mayor capacidad de infiltración y retención del agua, una ventaja cada vez más importante en un escenario marcado por la escasez hídrica y la necesidad de optimizar cada gota disponible.
Precisamente la gestión eficiente del agua y la innovación varietal serán dos de las grandes palancas de competitividad de la horticultura en los próximos años. La recuperación de variedades tradicionales adaptadas a las condiciones mediterráneas, junto con los avances en mejora genética no basada en técnicas de modificación prohibidas por la normativa ecológica, permitirá desarrollar cultivos más resistentes a la sequía, las altas temperaturas y determinadas enfermedades.
La innovación tampoco es ajena al sector ecológico. La digitalización de las explotaciones, los sistemas de monitorización del suelo, la agricultura de precisión, el uso de sensores o los proyectos de investigación impulsados por universidades y centros tecnológicos demuestran que sostenibilidad e innovación no son conceptos contrapuestos, sino complementarios.
Un impulso que pasa por las compras públicas
Pero si existe un elemento capaz de acelerar definitivamente el desarrollo del mercado ecológico es la implicación de las administraciones públicas. La experiencia de países como Dinamarca o Países Bajos demuestra que las compras públicas pueden actuar como un auténtico motor de transformación, favoreciendo la incorporación de alimentos ecológicos en comedores escolares, hospitales y otros centros públicos.
España ya ha comenzado a avanzar en esa dirección. Andalucía se ha convertido en una referencia con la aprobación de la Ley de Impulso y Promoción de la Producción Ecológica (LIPEsa), que incorpora medidas para fomentar el consumo, impulsar la presencia de alimentos ecológicos en la restauración colectiva y priorizar este tipo de productos en determinadas licitaciones públicas.
La proliferación de mensajes comerciales basados en términos como "natural", "verde" o "sostenible" dificulta al consumidor identificar aquellas producciones que realmente ofrecen garantías objetivas
Junto a estas medidas, sería necesaria una política fiscal que incentive el consumo de productos certificados, así como una estrategia nacional de promoción que contribuya a incrementar el reconocimiento de la Eurohoja y a combatir el creciente fenómeno del greenwashing. La proliferación de mensajes comerciales basados en términos como "natural", "verde" o "sostenible" dificulta al consumidor identificar aquellas producciones que realmente cumplen una normativa europea, están sometidas a controles independientes y ofrecen garantías objetivas de trazabilidad y sostenibilidad.
El futuro de la horticultura española pasa, en buena medida, por reforzar esa confianza. Porque la competitividad ya no dependerá únicamente de producir más, sino de producir mejor, con menor dependencia de recursos externos, mayor eficiencia en el uso del agua, una gestión sostenible del suelo y la capacidad de responder a un consumidor cada vez más exigente e informado.
La producción ecológica lleva más de 35 años construyendo ese modelo. Hoy, en un contexto marcado por la incertidumbre económica, el cambio climático y la necesidad de garantizar la seguridad alimentaria, sus principios adquieren una dimensión que trasciende el nicho de mercado para convertirse en una oportunidad estratégica para el conjunto de la horticultura española. El reto ahora consiste en que esa realidad sea comprendida por el consumidor, respaldada por las administraciones y asumida por toda la cadena alimentaria como una inversión de futuro.
Diego Granado
(*) Este artículo está incluido en el Anuario de Frutas y Hortalizas 2027 de FRS Food Retail & Service, una obra exclusiva que ha sido posible gracias al patrocinio de Anecoop, Patatas Meléndez, Nufresco, Orri, Banco Santander y Zespri, y con el apoyo de otras empresas anunciantes.
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