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Llegar a la meta del 70%: el reto de reciclabilidad visible para las empresas de envase

Publicado: 24/09/2026 ·11:29
Actualizado: 24/09/2026 · 11:29

Hasta ahora, el foco ha estado en cuánto se recicla una vez que el envase llega al contenedor. En este sentido, España recicla bien. En 2025, el sistema de gestión de envases del país alcanzó una tasa de reciclaje del 74,6% de los envases domésticos, muy por encima del 65% que exige el Real Decreto de Envases para ese año. Es un buen punto de partida, pero conviene no confundirlo con el siguiente reto que se aproxima.

Ahora la nueva normativa europea traslada parte de esa responsabilidad a un momento anterior: el diseño. A partir de 2030, no bastará con que un envase acabe reciclándose, sino que tendrá que estar concebido, desde el principio, para poder reciclarse en al menos un 70% de su peso.

Ese cambio pone a las empresas de envase en el centro del reto, dando entrada al ecodiseño: la disciplina que permite construir esa reciclabilidad desde el primer boceto, en lugar de corregirla cuando el envase ya está en el mercado.

PPWR y sus metas

El PPWR, Reglamento (UE) 2025/40, establece un marco común de reciclabilidad para toda la Unión Europea. A partir de 2030, todo envase que se comercialice deberá alcanzar un grado mínimo, clasificado en tres categorías —A, B y C— según su porcentaje de reciclabilidad: igual o superior al 95%, al 80% o al 70%, respectivamente. De este modo, los envases que no lleguen a ese 70% (grado C) dejarán de considerarse reciclables desde 2030, y en 2038 el listón subirá hasta el 80%. La Comisión Europea aún debe definir los criterios técnicos exactos, previstos para 2028, pero el mensaje de fondo ya es claro: el diseño del envase pasa a ser una decisión con implicaciones legales.

En la práctica, esto significa que un envase que no alcance el grado mínimo de reciclabilidad exigido no podrá comercializarse en la Unión Europea, por muy bien fabricado, funcional o atractivo que sea desde el punto de vista comercial. Por ejemplo, un envase compuesto por varias capas de materiales distintos —pensado para proteger mejor el producto o alargar su vida útil— puede ser perfectamente funcional y, sin embargo, resultar casi imposible de separar en una planta de reciclaje. Si ese envase no llega al umbral del 70%, quedará fuera del mercado europeo a partir de 2030.

El ecodiseño como herramienta

El ecodiseño es la práctica de incorporar criterios ambientales en el diseño de un producto, pensando en su impacto a lo largo de todo su ciclo de vida y no solo en su función o su coste. No es un término improvisado: existe una norma internacional, la ISO 14006, con directrices para integrarlo en la gestión ambiental de una organización. Lo que antes era una buena práctica voluntaria se ha convertido, con el PPWR, en una vía casi obligada para cumplir con la ley.

En este sentido, aplicar criterios de ecodiseño desde el primer boceto permite anticipar si un envase llegará al 70% de reciclabilidad exigido, en lugar de descubrirlo cuando ya está fabricado. No es un detalle menor: se calcula que el 80% del impacto ambiental de un envase queda determinado en esa fase inicial de diseño.

Poner esto en práctica exige, además, poder medir antes de fabricar cómo se comportará un envase al final de su vida. Con herramientas como CircularCheck, desarrollada por Ecoembes a través de TheCircularLab, es posible analizar el envase por adelantado —impacto ambiental, tratamiento, segunda vida y funcionalidad— y ofrecer una clasificación y recomendaciones de mejora, con simulaciones que anticipan si un diseño llegará al umbral del PPWR. Esta herramienta en concreto se ha probado con más de 60 empresas y cuenta con una metodología validada por KIWA. Rebeca Mella, gerente de Desarrollo de Valor al Cliente de Ecoembes, explicaba que la idea de esta herramienta es acompañar a las empresas en su transición hacia la circularidad plena de los envases.

Reciclar con sentido: el porqué detrás de la norma

El PPWR es una norma que hay que cumplir, pero detrás de la obligación hay una intención de fondo: cada envase que se recicla bien evita la extracción de materia prima virgen, reduce el consumo energético de fabricar desde cero y frena la cantidad de residuos que terminan en un vertedero. Reciclar aluminio, por ejemplo, consume solo una fracción de la energía que exige producirlo a partir de mineral bruto; el vidrio y el papel, por su parte, pueden reincorporarse al ciclo productivo una y otra vez sin apenas perder calidad. Ese es el objetivo real del reglamento: no acumular exigencias porque sí, sino cerrar el círculo de los materiales para que dejen de ser un problema al final de su vida útil.

Diseñar pensando en la reciclabilidad multiplica ese efecto. Un envase bien concebido no solo alcanza el 70% que exige la ley: también facilita el trabajo de las plantas de selección y mejora la calidad del material recuperado, hasta el punto de que puede sustituir de verdad a la materia prima virgen en la fabricación del siguiente envase. Ahí está la diferencia entre reciclar por obligación y reciclar para que el sistema funcione.

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