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El gen egoísta y el cortoplacismo en los negocios

Ciertas dinámicas de inversión convierten a las empresas en meros vehículos de extracción de capital, sacrificando sostenibilidad, talento y creación de valor en favor de la rentabilidad inmediata. La reflexión de César Valencoso.

Publicado: 22/05/2026 ·12:01
Actualizado: 22/05/2026 · 12:01

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En 1976, el biólogo evolutivo Richard Dawkins publicó El gen egoísta (The Selfish Gene, Oxford University Press), una obra que cambió para siempre nuestra forma de entender la evolución.

Hasta entonces, el pensamiento dominante organizaba la evolución desde arriba: las especies utilizaban los genes como herramienta para perpetuarse. Lo que Dawkins propuso fue exactamente lo contrario: los genes son las verdaderas unidades centrales de la evolución, y los individuos –animales, plantas, personas– no somos más que máquinas de transmisión a su servicio. La especie no importa; lo que importa es que el gen siga adelante.

Es un giro sutil. Pero es un giro que lo cambia todo.

Llevo años pensando en trasladar esa misma lógica a la economía. Y creo que nunca ha sido más pertinente que ahora.

En la universidad nos enseñaron que el objetivo fundamental de una empresa es generar beneficio. El beneficio es la herramienta que permite a la empresa sobrevivir, crecer, crear empleo y aportar valor a la sociedad. La empresa es el sujeto; el beneficio, el medio.

Pero si aplicamos la lógica de Dawkins a ciertos modelos de inversión que priorizan el retorno inmediato sobre la sostenibilidad del negocio, la perspectiva cambia radicalmente: la empresa no es el sujeto. La empresa es la herramienta. El dinero es el gen. Y el dinero, como el gen, no tiene lealtad a ningún organismo concreto.

Conviene matizar: hay capital –privado, institucional, de riesgo– que construye empresas extraordinarias con visión a largo plazo, que alinea sus intereses con los de los equipos y los clientes. La crítica no va dirigida a una figura de inversión en sí misma, sino a un comportamiento concreto: el cortoplacismo como estrategia sistemática.

Así se entiende mejor algo que, visto desde fuera, parece incomprensible: decisiones que debilitan estructuralmente una empresa, que sacrifican talento, cultura o capacidad productiva en aras de una rentabilidad inmediata. Cuando lo observamos y pensamos "esto va a destruir la empresa", estamos en lo correcto, pero nos estamos equivocando de pregunta. La destrucción de la empresa no es el problema; es, en ocasiones, el plan. El capital se extrae, fluye hacia otro vehículo, y el ciclo se repite.

El gen no muere cuando el organismo perece. El dinero no desaparece cuando la empresa cae.

El problema moral –y económico– de esta lógica es evidente: las empresas no son entidades abstractas. Son comunidades de personas. Son nodos de conocimiento acumulado durante años. Son estructuras que generan riqueza distribuida, no solo concentrada. Cuando se las trata como organismos desechables al servicio de la replicación del capital, no estamos ante un modelo de creación de valor; estamos ante un modelo de extracción de valor.

Y la extracción, a diferencia de la creación, deja el terreno más pobre de lo que lo encontró.

Me inquieta imaginar el escenario en el que, una vez agotado un sector, el capital migre al siguiente con la misma lógica depredadora. No porque sea inevitable, sino porque es evitable –si somos capaces de nombrar lo que está ocurriendo con la claridad suficiente–.

Dawkins nos enseñó a ver la evolución desde el punto de vista del gen. Quizás necesitamos aprender a ver la economía desde el punto de vista del dinero. No para admirarlo. Para entenderlo. Y para decidir, colectivamente, qué tipo de organismos queremos ser.

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