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| La casta también existe en Gran consumo | -

Antonio Agustín comparte con los lectores de Food Retail & Shoppers su visión más crítica del sector del gran consumo, al tiempo que invita a sus protagonistas a no caer en la autocomplacencia para seguir avanzando. El autor desgrana en qué podría ser mejor, e incluso ejemplar.

La casta también existe en Gran consumo
La casta también existe en Gran consumo

La autocomplacencia es uno de los peores males que pueden aquejar a una organización. Una empresa, una institución o un individuo autocomplaciente suelen tener las defensas bajas ante un cambio de paradigma. La autoindulgencia suele ir acompañada de la minusvaloración de ideas nuevas, soluciones rompedoras o reconocimiento de comportamientos, opiniones y exigencias del consumidor.

En mi opinión hay una enorme autocomplacencia en el sector de Gran Consumo. Y ésta es nociva porque nos impide ser mejores y dar más.

"Este sector es bueno, pero no ejemplar. Por este motivo y con la modestia propia de quien ha vivido con él y de él durante los últimos 30 años, voy a argumentar por qué podría ser mejor y en qué podría ser el mejor"

Antonio Agustín

Obviamente en esta microeconomía hay cosas maravillosas. Muchas. Pero eso no quita que no haya también enormes lastres que dificultan un avance mayor, envidiable y ejemplar. Esta es la cuestión: este sector es bueno, pero no ejemplar. Por este motivo y con la modestia propia de quien ha vivido con él y de él durante los últimos 30 años voy a argumentar por qué podría ser mejor y en qué podría ser el mejor.

La casta

Desde que en 2014 Pablo Iglesias empezó a hablar de “la casta” ha llovido un montón. El caso es que caló. Hasta entonces sabíamos que era “una estratificación social basada en la pertenencia en el nacimiento y se caracteriza por ser un sistema sólido, rígido e inmóvil” y asociábamos el concepto a la curiosa estructura social de la India…

Iglesias empezó a acuñar frases célebres como aquella de “los políticos vienen a ser los mayordomos de los poderes económicos y los bancos, gente que no representa a los ciudadanos" o la referida al ministro de Economía del Reino de España: “que la política la dirija un millonario -que se compraba un piso ático de 600.000 euros- es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente”.

Bastaron pocos años para que este líder político pasara a formar parte de ella. Primero incorporándose (salario más que digno, casa y chófer) y ya más tarde dirigiéndola como vicepresidente del Gobierno.

Su grupo político fue poco a poco suprimiendo el término hasta el punto de hacerlo desaparecer y/o sustituirlo inteligentemente -como dijeron varios periodistas- por el de “trama”. 

Parece pues claro que el concepto despectivo de casta -o de clase- existe únicamente para el que no pertenece a ella. Una vez abducido, cambia el paisaje y la perspectiva. Cambia el filtro y la gafas de mirar y se ven de forma diferente el Arriba y Abajo, los que mandan y los que son mandados, los ricos y los pobres, la aristocracia y la burguesía, la sangre azul y la roja…

Nuestra Real Academia mantiene como acepción para este término la de “grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separando a los demás por raza o religión.”. Para entendernos y no extenderme mucho más en este introito: “un grupo que mantiene una cuota de poder, que se cree superior, que goza de privilegios injustificados y establece barreras para el acceso y la pertenencia y disparata los intentos de crítica al sistema creado”.

La historia nos enseña que la forma de perpetuarse en ese poder, en el "candelabro" y manejar algunos hilos se consigue a través de la creación de un “ecosistema” que permanezca en equilibrio constante y sesgue las posibilidades de discusión. Mientras las cosas vayan bien nadie va a desgastarse en torpedear el sistema.

Ahora bien, cuando afloren ineficiencias (las que sean) o a los de la no casta les vayan tan bien las cosas (sus negocios) se iniciará la erosión, las críticas voraces y el descontrol: sobreactuación desde fuera y volantazos de los de dentro…

En definitiva, si la nave va, la casta se mantiene.

En este sector también hay casta

En el sector de gran consumo sorprende la “paz integral” que reina entre todos: Entre fabricantes y detallistas, entre juniors y seniors, entre entrantes y establecidos, entre lobbies e independientes, incluso entre grandes y pequeñas empresas…

La impresión inmediata tras una mirada rápida es que los que están, aun llevando muchos años, no dan muestras de querer levantarse y dejar la silla libre, y los que podrían estar ya ocupándolas no están en exceso impacientes.

El actual status quo le va bien a la industria (que crece cada año) y a la distribución que crece tras ella. Les va bien a todos. Nada de revoluciones.

Los miembros de las organizaciones más sonadas apenas se mueven. Algunos llevan allí toda su vida profesional, que además coinciden muchas veces con los de otros patronales, lobbies de distribución o entidades responsables del medioambiente. Todos parecen haber sellado una paz que sorprende. ¿No hay voces jóvenes y talantes más modernos?

Mi sospecha es que este microclima de sector nos conduce a perder actualidad y “marcha” y que mientras no renovemos las instituciones y cargos de escuelas de negocios, de asociaciones, de lobbies, de altos cargos de la Administración, incluso también de Presidencias y CEOs de grandes empresas, todo seguirá igual. Demasiada complacencia.

 - ¿Y a mí qué? -se puede opinar lícitamente

- Pues sí … ¿y todo lo que podríamos hacer de más?

Áreas e iniciativas de mejora hay un montón. Cito algunos de los “beneficios cesantes” que considero más urgentes y relevantes. Lógicamente hablo a nivel sectorial ya que es imposible obviar los centenares de empresas que luchan por la excelencia total y plena o por alcanzarla en algunos de los apartados a los que me referiré:

  1. La sostenibilidad: este sector es responsable de la emisión (contando solo con la alimentación) de más del 25% de los gases de efecto invernadero del mundo. La producción de algunos productos como el chocolate, carnes, quesos, cafés o gambas dejan una profunda huella en nuestro mundo, los envases de cartón para líquidos son perjudiciales por imposibles de reciclar eficientemente y el porcentaje de reciclado -real- en España deja que desear.
  2. Las buenas prácticas y la corrupción. Hemos comentado en otras ocasiones este apartado sin evitar la crítica. ¿Por qué motivo muchos no quieren saber nada? La prepotencia de los compradores sigue ahí, los viajes pagados a finales de fútbol, tenis de altos directivos también… La VISA de la empresa continúa pagando caprichos y favores y la ley, aunque se cumpla, no garantiza la integridad… Pienso que sería ilusionante y maravilloso pertenecer a un “sector modelo” que lo es porque se ha planteado serlo.
  3. La innovación y las miserias del me too. Pimientos del padrón y espárragos de la China. Cuesta de creer, pero es cierto que la comunicación y la publicidad engañosa campan con pocas limitaciones por todas partes. Basta mirar por encima las etiquetas de espárragos o de pimientos. Los defensores del consumidor llevan todavía dientes de leche. Pero atentos, porque en algún momento harán pupa con sus mordiscos. Cuando consigan independizarse, ser adultos y no le tengan miedo a la casta. Recordemos también los me too’s vergonzosos que han salido indemnes de las denuncias y los juzgados: el pequeño y débil tiene que empezar a creer en instituciones renovadas que los defiendan.
  4. El consumidor que falsamente se coloca en el centro. Nunca lo ha estado de verdad. Ni en plena pandemia le hemos facilitado la compra desde casa. Ni las dosis y formatos se adaptan a los hogares (¡seguimos con la pinza (*) Joan!) ni los ingredientes, saborizantes y conservantes a las recomendaciones de salud … ni siquiera le dejan disfrutar de sus marcas de siempre aunque sean las más vendidas. Eso sí, la boca se nos llena de frases históricas como la celebérrima “El consumidor está en el centro”.
  5. La hipocresía sectorial. El caso es que además -aunque lo seamos- nos creemos buenos. Tras la primera ola de virus se presumió de sector eficiente -sin duda- cuando resulta que el gran beneficio le vino “regalado” del cierre obligado de bares y restaurantes. Presumimos además de generosos una vez al año (“la gran Recogida de alimentos”) cuando resulta que quien pone los euros ese día para el Banco de Alimentos son los clientes de la tienda.
  6. Los potentes lobbies que nublan la vista y difuminan las perversiones del sistema. Productos que envenenan hay cada año unos cuantos… y apenas salen en los telediarios. Los comercios tradicionales, que no aguantan la competencia abusiva de grandes, no tienen voz ni voto en este panorama… Como los proveedores locales que acaban, ilusos, fabricando las referencias que nadie quiere porque son caras o son para unos pocos… O la angustia cada vez mayor del sector ganadero y agrícola como consecuencia de un mercado abusón.
  7. La falta de solidaridad con la sociedad en general. Hemos hablado de la vergonzosa crisis de horeca y la inexistente ayuda entre primos que hubiera podido darse repartiendo parte del botín enorme que se ha producido al cerrar los bares…

¡Claro que existen donaciones generosas!… pero lo menos que podría pedirse a este sector de resultados y dividendos estables es un auténtico proyecto nacional para mitigar el hambre en un país moderno como el nuestro en el que la FAO cifró en 800.000 personas las que -antes de la crisis del coronavirus- estaban en inseguridad alimentaria severa. 

Claro que hay cosas que funcionan bien. Lo hemos dicho al principio. El sector va, crea y mantiene empleo y presume de eficiencia.

Sin embargo, creo que no podemos contentarnos ante una buena cuenta de explotación que se basa además -en especial durante el año pasado- en distorsiones de la economía. Las empresas, como las personas, tienen responsabilidad también con la sociedad. Y a mayor poder y profesionalidad, más. Seamos más ambiciosos. ¡¡Convirtámonos en referentes!!

Recupero de nuevo -lo he hecho en anteriores escritos- la expresión del empresario más genial del retail nacional para afirmar que “se nos ha puesto a todos el culo gordo”. Sorprenden tantas sienes plateadas, corbatas y convivencia pacífica -cómplice- en un ring de economía de mercado.

O avanzamos a remolque o nos adelantamos. El panorama puede cambiar y rápido: aún no hemos visto denuncias masivas de consumidores enfadados por contaminar, cuidar poco la salud o aprovecharse de los beneficios masivos de un bien esencial (comida y bebida). Aún. La reclasificación de la bondad de los ingredientes, los efectos de la crisis económica y en especial el despertar de un consumidor, anestesiado por influencers y lobbies, exigente y poco indulgente. Queda mucho por pasar.

Y lo más importante: el futuro no está en venta.

Este artículo está dedicado a mi amigo Juan L.

(*) La teoría de la “Pinza” se la debemos también a Mercadona. Es genial: dice que nuestra despensa es una suma de “pinzas”. Para el arroz, para la pasta, para la harina, para las magdalenas, para los caramelos… demostrándose así que los fabricantes no piensan en los clientes y rara vez adaptan el tamaño de los envases a sus necesidades.

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