El auge de los fármacos para la pérdida de peso GLP-1 empieza a dejar huella en el consumo alimentario en España. Según un análisis presentado por la consultora Lantern en Alimentaria, estos tratamientos ya suman en torno a 500.000 usuarios en el país —incluyendo diferentes marcas— y avanzan a ritmos de doble dígito, en un contexto marcado por el elevado exceso de peso: el 55,8% de la población adulta presenta sobrepeso u obesidad, según datos de la AESAN.
El impacto económico es ya significativo. En 2025, las ventas de estos fármacos superaron los 840 millones de euros, un 75% más que el año anterior, con 7,2 millones de unidades dispensadas. Más allá del crecimiento, el fenómeno apunta a un cambio estructural en los hábitos de consumo. "El gran error sería interpretarlo como algo pasajero. Está cambiando la lógica del consumo", advierte Jaime Martín, consejero delegado de Lantern, que señala a un consumidor que come menos, prioriza la funcionalidad y exige una relación más eficiente entre nutrición, indulgencia y bienestar.
Los efectos ya se perciben en la cesta de la compra. Los usuarios de GLP-1, que declaran pérdidas de peso medias de entre 18 y 20 kilos, modifican tanto la cantidad como el tipo de alimentos consumidos. La menor tolerancia a determinados productos —derivada de efectos secundarios como náuseas o problemas digestivos— impulsa una mayor demanda de proteína, hidratación y alimentos de alta densidad nutricional, al tiempo que reduce el consumo de azúcar, grasas y alcohol.
La experiencia de mercados más avanzados anticipa la magnitud del cambio. En Estados Unidos, donde cerca de uno de cada cinco adultos ha probado estos tratamientos, el consumo de vino y bebidas alcohólicas ha caído en doble dígito entre estos usuarios, mientras que categorías como yogures, snacks proteicos o bebidas funcionales ganan peso. En paralelo, la visibilidad mediática y el respaldo de figuras públicas han contribuido a acelerar su adopción.
Para la industria de alimentación y bebidas —y también para el canal Horeca—, se trata de un punto de inflexión. El nuevo consumidor demanda porciones más pequeñas, productos funcionales mejor formulados y propuestas adaptadas a una relación distinta con la comida. Algunos operadores ya han comenzado a reaccionar: desde lineales específicos en distribución hasta el desarrollo de nuevas gamas por parte de lso fabricantes. "En segmentos con mayor poder adquisitivo, donde el uso es más elevado, ya hay cambios claros en los patrones de compra. La cuestión es cómo impactará esto en los próximos años", concluye Martín.